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| Tomada de Semanario Universidad |
En primer lugar, un agradecimiento profundo y constante de nuestra familia -y puedo decir sin duda de la cultura costarricense- por mantener viva la tradición del Festival Fabián Dobles, que es una forma hermosa de traer a la actualidad, y en especial recordarles a las nuevas generaciones, su figura y su obra en momentos en que en el mundo circulan muy otros valores y olvidos de lo que es esencial: el respeto por el ser humano, la justicia social, la solidaridad y la libertad creadora.
Es natural que la riqueza de lo que él sabía y hacía influya en lo que pueda propiciar esta servidora en un taller de narrativa, como el que impartí el año pasado en Belén. Por eso es prodigioso que hoy se presente el libro surgido de ese taller, en ocasión del Festival Fabián Dobles. Lo que don Fabián me transmitió no se limita a la vocación literaria en sí, va más allá y apunta al corazón humano, pues la buena literatura refleja incontables aspectos de la gran aventura de estar vivos y coincidir en un recodo del tiempo.
Mi afán en los talleres es contribuir a que los participantes encuentren su verdad, esa pulsión para escribir que es única e intransferible y, a la vez, aportarles herramientas para que sus creaciones expresen con belleza esa verdad humana.
Esta pequeña antología la logramos en apenas 6 meses y es entonces admirable la entrega de todos sus autores. Son personas que venían con distinta cercanía hacia las letras, diversas destrezas y práctica de ellas y, sin embargo, fue claro que las vocaciones son potentes y cada uno, cada una, lograron confiar en el proceso y darles forma a relatos genuinos que revelan su potencial. Yo les agradezco mucho que hayan confiado en mi metodología.
Veamos uno a una rápidamente. Por ejemplo, los dos relatos de Loreana Araya reflejan su capacidad de penetrar en el momento presente, instalarse en él con deleite, exprimirle jugos a la flor del instante y el sentido hondo de vivirlo en sus textos.
En Guillermo Rodríguez testimoniamos sus malabarismos para pasar de una escritura ceñida a su quehacer profesional a una mucho más libre pero asentada con firmeza en su gran autenticidad y raíces identitarias. Nos alegra observar que lo disfrutó y ve sus posibilidades renovadas de seguir escribiendo tanto y cuánto.
Mauren Fernández, quizás quien menos experiencia literaria traía, y observen que lo digo en pasado pues su proceso ha sido vertiginoso, nos permitió acompañarla en un prodigio: la exquisita génesis progresiva de un cuento a partir de una experiencia entrañable y cómo fue afinando su pluma para que la alusión al verdadero fondo quedara allí vibrando en el papel. Una muestra de lo que ahora se denomina literatura femenina, fiel en captar lo que a nosotras nos atañe en lo profundo y podemos iluminarle al mundo.
En Jaime Naranjo, exuberante en sus experiencias y vivencias, fue notorio ver cómo con su inteligencia aprendía los recursos para convertir jugosas anécdotas en cuentos inolvidables donde no sabemos dónde termina la realidad y comienza la ficción y viceversa, ese límite difuso de la literatura.
Roberto Murillo, una vocación literaria notable que refulge en cada invención, conocedor de las posibilidades del lenguaje fue a la vez humilde para comprender cómo y por dónde sacarles el mejor partido a cada uno de sus cuentos y trabajarlos sin descanso, sabedor de que el oficio hace al maestro. Es de esperar que no ceje en su claro derrotero.
José Eugenio Zumbado, apasionado y rebelde, ha sido también en el proceso un ejemplo maravilloso de humildad para domar su impaciencia y darse a sí mismo el chance de ser quien domeñe sus escritos y no los deje a su albedrío, volviendo a recorrerlos sin precipitaciones para entender dónde esconden su magia y hacer que se revele.
Rafael Arroyo, Rafa, nos conmueve con su intuición para preservar el valor de la ternura en cada escrito (alguna vez señaló Raymond Carver la ternura como una de las cualidades de los buenos escritores). Rafa revela un estilo de narrador atento a las vicisitudes de la vida cotidiana y familiar, que pone de relieve con la sabiduría de la contención.
Andrea Oriza, talentosa como la que más en sus múltiples facetas y además generosa, supo entregarse a la tarea a pesar de sus muchas responsabilidades, y regalarnos su sensibilidad en dos relatos que la revelan como una sutil observadora de la condición humana y de sus recovecos psicológicos. Nos dejó con ganas de leer más, desde luego.
Elizabeth Chango, exigente y racional, no obstante se dejó llevar libremente por su intuición y hace prever una escritora con enjundia de temas y riqueza de personajes que solo esperan a que ella se siente a darles rienda, porque su genuina perspectiva y su capacidad lo ameritan.
En lo personal, he sido muy dichosa durante este taller al apreciar la entrega y los talentos tan variados de los nueve integrantes, y agradecida con el grupo cultural El Guapinol por permitirme contribuir a ellos y honrar lo que papá me enseñó: respetar a cada ser humano, humana, apreciarles y animarles en su individualidad y circunstancias.
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